Valverde

Parece que fue ayer pero han pasado cerca de cuarenta años desde que acompañado por Antonio Díaz de los Reyes, crucé la puerta de un viejo chalet del sevillano barrio de Heliópolis donde tenía su sede la recién creada Estación Biológica de Doñana. Nuestra intención era conocer a José Antonio Valverde Gómez su fundador con el fin de que nos autorizara para hacer fotografías en él hasta entonces poco conocido santuario natural del Coto de Doñana.

Valverde

Tras sortear con más miedo que vergüenza una tremenda hiena sahariana que hacía de fiel perro guardián a la puerta del edificio, esperamos durante un buen rato a que “el Director” como se conocía a Valverde nos pudiera atender. Es difícil olvidar aquel estrecho pasillo en el que se amontonaban animales disecados sobre los armarios, cántaras de formol con serpientes, lagartos, estómagos de diferentes animales de la fauna española, cráneos de lobos y de osos, y algunas fotografías que nos parecieron espectaculares de grandes fotógrafos de la incipiente modalidad de la naturaleza que ya habían pasado por Doñana, Gerad Vienne, Eric Hosking, Charles Vaucher, etc., tanto para Antonio como para mí aquellas imágenes representaban el sumun de lo que queríamos alcanzar.

Tras una espera entretenida, se abrió la puerta del despacho y un señor perfectamente trajeado de rostro cetrino pelo planchado y recortado bigote a la usanza del Régimen, Don Emilio el Secretario de la Estación Biológica, nos invitó a entrar.

El despacho si se le puede llamar así, era un sumidero de humedades, todavía más caótico que el pasillo en el que habíamos esperado durante más de una hora, libros, papeles, acuarios, terrarios, cráneos de león, de gorilas, fotografías, mapas y en medio de aquella barahúnda, Tono Valverde. No voy a relatar el habilísimo interrogatorio a que nos sometió porque sería demasiado prolijo, aunque diré que finalizó dándonos todo tipo de facilidades para trabajar haciendo fotos en el Coto, lo que sí quiero explicar es qué impresión me causó Tono en este nuestro primer encuentro.

Nada más entrar en su despacho se levantó de la mesa y cojeando se nos acercó y nos dio la mano invitándonos a tomar asiento en un incómodo sofá, mientras él ocupaba una silla y apoyaba la pierna encima de la mesa. No fue la cojera lo que más nos llamó la atención de él, pues ya sabía algo de sus pasadas enfermedades, sino su pelo totalmente blanco, fuerte y enhiesto como las cerdas del lomo de un viejo jabalí y sus ojos, sobre todo sus ojos de un gris acerado y mirada penetrante, cuando nos miraba, uno se sentía como si estuviera pasando una sesión de rayos X, en donde se pusieran de manifiesto, todas nuestras posible habilidades y debilidades.

Que Tono Valverde era un personaje excepcional no debe caberle duda a nadie, lo mismo que su capacidad investigadora en el mundo de la biología, aunque en ocasiones, quizás pecara de atrevimiento o de intuición, pero los resultados obtenidos a lo largo de su vida hablan por si solos. Basta citar una anécdota que compartí con Miguel Delibes para reflejar su genialidad. Por los años 80’ cuando Miguel se iniciaba de Becario de la Estación Biológica de Doñana como especialista en carnívoros estudiando el lince le acompañé varias veces, para intentar que viera uno en sus paseos al atardecer por los carriles recogiendo cagadas, que después desmenuzaba y analizaba en el laboratorio. Miguel tardó casi dos años en realizar su trabajo, que entre otras muchas cosas le supuso horas de campo, laboratorio, consultas bibliográficas, tropiezos con vacas, en fin, todo lo que ustedes puedan imaginar. Tras culminar su tesis doctoral, no pude menos que en una de nuestras habituales charlas nocturnas, delante de la chimenea, del Palacio de Doñana, felicitarlo por lo espléndido de su tesis y lo contento que debía estar, cual no sería mi sorpresa cuando con un gracejo que ya empezaba a ser mezcla de la socarronería del castellano y la simpatía del andaluz, me dice :”si,si,estoy muy contento porque después de dos años de trabajo, de abrir y desmenuzar miles y miles de cacas, y no haber visto ni un solo lince, la conclusión a la que llego en mi trabajo es la misma a la que llegó Valverde con una visita a Doñana de 15 días, que los linces comen prácticamente un 80% de conejo y algunos bichejos más” . Era verdad, con Tono, todos los que trabajamos en Doñana, hemos tenido la sensación de que cualquier cosa que fuera interesante desde el punto de vista biológico, ya estaba estudiado y escrito por él.

Mi relación con Tono fue muy especial porque como casi todos los genios que gracias precisamente a él conocí,(me utilizó durante años para acompañar y enseñar la Reserva Biológica a personajes ilustres, científicos, investigadores, profesores universitarios, algún Premios Nobel,) se mostraba siempre celoso de su intimidad y de las relaciones personales, puede que me equivoque pero no creo que tuviera más de cuatro o cinco amigos de verdad además de su círculo familiar, en contadas ocasiones conversando con él se tocaban temas que no fueran de biología, ecología, geografía, historia, el mar, los viajes, etc.

A Tono le interesaba cualquier cosa que tuviera relación con la ciencia, por eso en sus conversaciones conmigo derivábamos en ocasiones a la medicina. Enfermo desde muy joven, su insaciable curiosidad, le inducía a tener un buen conocimiento de sus padecimientos que por otra parte fueron abundantes y diversos, ejerciendo sobre ellos un control, mezcla de su saber de fisiología animal, subjetivismo y racionalidad.

En cierta ocasión fui a verlo a su casa tras sufrir una importante intervención quirúrgica de estómago y me sorprendió que fuera él personalmente quien me abriese la puerta de su casa con los pelos revueltos y en pijama. Llevaba un tiempo de franca recuperación pero cayó de nuevo enfermo por una hepatitis inoculada por una de las transfusiones a las que le habían sometido, me hizo pasar, me dijo que María Rosa había salido para resolver algunas cosas y que él se encontraba bien, aunque en la cama y rodeado de papeles. Su aspecto no era muy bueno sobre todo por el color amarillento de su rostro debido a la hepatitis, me contó con todo detalle como había ido la operación y rápidamente comenzó a explicarme su teoría sobre la ontogénesis que era uno de sus temas recurrentes, al poco rato interrumpió de pronto su conversación y me pidió que le tomara el pulso para ver si tenía fiebre, cuando le dije que el pulso era normal se incorporó de la cama, cogió un batín y me dijo que lo acompañara al bar de la esquina porque tenía hambre y se encontraba muy bien.

La verdad es que mientras bajábamos en el ascensor pensé varias veces hacerlo desistir de su propósito, pero sabía que con Tono aquello era imposible así que de aquella guisa nos encajamos en el bar de la esquina.

Nos sentamos en la barra y lo primero que hizo fue preguntarle al camarero que qué tapas tenían.

La retahíla fue contundente: carne con tomate, menudo, garbanzos con espinacas, gambas al ajillo, pavías de bacalao, etc.

Mientras yo con horror tragaba saliva, Tono le dijo al camarero.

-A mí me pone usted una tapa de menudo otra de gambas al ajillo y una caña de cerveza.

Yo no salía de mi asombro y pedí una caña y una tapa de carne mientras horrorizado le musitaba a Valverde.

– Tono, ¿no te parece que tomar menudo es pasarse un poco para tu estómago?

– Su respuesta fue contundente.

– ¡Valiente médico estás tú hecho!, ¡sí me han quitado medio estómago, no tengo más remedio que acostumbrar el que me queda a lo que le espera!.

– Estaba claro que Tono creía en aquello de que “el hábito hace el órgano”.

Valverde era sin lugar a dudas pragmático y racional y su lógica aplastante, en ese mismo sentido un día le comenté que pescando con barco en el Estrecho de Tarifa recogí flotando sobre las aguas una tortuga boba. Mi compañero de pesca Pepe “el churrero”, que trabaja en la almadraba de Barbate, y es persona de mucha experiencia en la mar, me comentó que durante las primaveras es frecuente recuperar muchas tortugas porque flotan sobre las aguas sin poderse sumergir ya que se les introduce en el ano un pequeño cangrejo. Aquel día Pepe le dio la vuelta a la tortuga y efectivamente, retiró un cangrejito minúsculo, tenía menos de un centímetro, y mordía con sus pinzas el borde de la cavidad anal, posteriormente depositó la tortuga sobre las aguas, para que ante nuestra vista desapareciera rápidamente como tragada en las profundidades del Estrecho.

Cuando le conté la historia a Valverde, me preguntó inmediatamente.

-¿Y qué hicisteis con el cangrejo?

– Pues tirarlo, le contesté yo

-Pero como se te ocurrió esa barbaridad, tenías que haberte quedado con el cangrejo, de la tortuga lo sabemos todo, pero del parásito no. ¡Cómo se nota que eres médico y no biólogo¡

Desde entonces llevo en el barco un bote con formol a la espera del dichoso cangrejito.

Tono te sorprendía siempre y aunque me consideraba un fantástico fotógrafo(nada que él hubiera promovido podía ser malo) no olvidaba mi faceta médica así que en infinidad de ocasiones requirió mis servicios para las más insólitas tareas.

Un día recibo su llamada y me dice desde el otro lado del teléfono.

-¿cómo se te dan las autopsias?

Ante tal pregunta y medio balbuceando le contesté que en la facultad no se me había dado mal la disección de cadáveres, pero que autopsias, autopsias solo había visto dos.

– Suficiente, me contestó, este cliente no te va a protestar, vente para acá.

Me fui para el chalet de Heliópolis donde tenía su sede la Estación Biológica y nada más llegar lo encuentro acompañado de Enrique Jiménez otro de sus más leales colaboradores y de Antonio el disecador de aves para la colección de pieles de Doñana, me dice que le siga y a la espalda del chalet me muestra en el suelo un envoltorio de plástico dentro del cual se adivina una figura humana. En décimas de segundo me pasó de todo por la cabeza incluyendo una buena descarga de la adrenalina acumulada en mis suprarrenales.

-No te preocupes porque está muerto- me certificó Tono muy serio, aunque creo que al ver mi cara añadió sonriendo, – Tu cliente es el gorila del zoológico de Jerez que falleció ayer, a ver si me dices de qué-.

Subimos el “cadáver” que por cierto pesaba ciento cincuenta kilos a la azotea, y allí como pude le hicimos una autopsia incompleta, Tono no quería que se abriese el cráneo para conservarlo en la colección, y el resultado fue significativo porque como no se podía esperar menos de un gorila de Jerez, murió de una cirrosis hepática, aunque no creo que se debiera al vino.

Poco tiempo después de este episodio Tono, quiero creer que influenciado por mi buen hacer con la autopsia del gorila, me llamó para que le acompañara para hacer lo mismo con otro “cliente” pero esta vez en la playa de Getares en la bahía de Algeciras.

El caso era que había aparecido varada una ballena en la playa y Tono quería una vez más, recuperar su esqueleto para la colección de Doñana.

Tras un interesante viaje en el que con sus paraditas correspondientes pasamos por, la laguna de Medina, dos ventas, la Montera del Torero, y el Parque Natural de los Alcornocales todo ello amenizado por un par de lecciones magistrales sobre la fauna que por allí pululaba en la Edad Media, llegamos a la ciudad de Algeciras y sin detenernos a la playa de Getares.

Nada más asomarme al acantilado pude constatar dos cosas importantes, la primera de ellas que la ballena que reposaba varada en la blanca arena es el animal que al morir sufre la más horrorosa putrefacción de todo el mundo, su pestilencia es tan densa que incluso parece palpable, si a ello unimos su gigantesco tamaño, pues peor que peor. La segunda cosa que pude comprobar fue la tremenda capacidad de convocatoria que tenía Tono Valverde, allí a nuestros pies además de la ballena se encontraba una gran máquina excavadora y toda una compañía de marinería de la Armada procedente de San Fernando.

Bajamos a la playa donde nos esperaba José Hernando hoy Profesor en la facultad de Ciencias del Mar de Cádiz, un gran especialista en ictiología al que cariñosamente todos llamamos Pepe Peces y que por entonces trabajaba con Valverde y allí comenzó la batalla.

Empleo el término batalla porque aquello lo fue y en toda regla .El almirante Valverde ordenó amarrar con cabos el mamífero más grande de la tierra y con una maniobra envolvente digna del mismísimo Nelson parte de la tropa empujó por el flanco derecho, parte tiró con las maromas del izquierdo, y la excavadora arrastró el animal por la cola depositándolo justo al pié del acantilado, una vez allí comenzó el terrible cuerpo a cuerpo. La tropa, armada de palas y picos más la excavadora se dedicaron a hacer una una gran fosa en la que enterrar el coloso muerto, los oficiales armados de afiladas hachas le separamos la cabeza del tronco bajo la atenta mirada y dirección del Almirante que no quería que se dañara más de lo necesario el cráneo del animal, al final de la batalla hice una foto de recuerdo, la que acompaña éste texto, en la que creo que se refleja perfectamente como era la personalidad de Valverde, mientras todos los participantes miran a la cámara, él absorto observa el cráneo de la ballena, quién sabe si calculando sus medidas, o sí pensando ya lo bien que quedaría, en el Centro de mamíferos marinos que años más tarde promovió en Matalascañas. El resultado inmediato de aquella operación fue el permiso que recibieron los soldados de una semana, no se sabe si por el esfuerzo demostrado en la lucha, o si porque tuvieron que desinfectar el barracón donde dormían ante la persistente pestilencia que despedían. A mí sólo me duró cinco días y catorce duchas.

La verdad es que Tono hizo gala a lo largo de su vida de una mala salud de hierro y hubo un día muy especial en el que me di cuenta de su férrea voluntad y su estoicidad, para superar situaciones que entrañaban riesgos evidentes y que él creía que podía superar y sobre todo controlar.

Todo ocurrió un día en el que tras pasar la noche en el Palacio de Doñana, tenía programado fotografiar el águila imperial en su nido, desde una torre de dieciséis metros de altura que los guardas habían preparado. Mientras desayunaba como era habitual en la cocina y casi listo para salir, apareció Tono y sin el menor preámbulo me dijo.

doñana torre de imperial

-Antonio me voy contigo a la torre, que hace muchos años que no veo la imperial en su nido-.

La verdad es que la idea de compartir un “puesto” para fotografiar un águila imperial en Doñana con Tono me parecía increíble, sobre todo por lo que eso significaba de horas de confidencias y de amena charla, pero por otro lado me preocupaba la idea de Tono, teniendo que escalar la torre con su “pata chula” como el decía. El caso es que cogí las cámaras, él sus prismáticos y su cámara además de un canasto con agua y vituallas, y nos fuimos con el Land Rover a los alcornoques de “la Mogea” donde estaba el nido. Dejamos el vehículo a cubierto en un brezal a unos trescientos metros del alcornoque y nos dirigimos caminando hacia la torre metálica que nos permitiría ponernos a la altura de las águilas imperiales para poder observarlas. Las arenas estaban asentadas por unas lluvias recientes y se podía caminar bien por ellas, sin embargo observé con preocupación que Tono me hizo detenerme cuatro veces con la excusa ver una pequeña araña o unas huellas de lince, el caso es que al llegar al pié de la torre parecía fatigado y decidí, cosa también rara porque me dejó, que subiera yo primero para que con la cuerda que había arriba, me amarrara él abajo los pertrechos, para izarlos hasta el “hide”.

Con todo el material arriba llegó el momento de que Tono subiera y pese a mi preocupación me sorprendió, porque se agarró a los peldaños y en menos de un minuto escaló los dieciséis metros sin esfuerzo aparente. Nos instalamos con comodidad porque el habitáculo lo permitía y nos dispusimos a la espera, porque en el nido solo estaban dos hermosos pollos como de unos quince días, totalmente “achantados”, seguramente asustados por los sonidos que inevitablemente habíamos producido.

Ya instalados comenzaron los susurros y comentamos las poesías que nuestro amigo Juan Antonio Fernández en sus momentos de exaltación naturalística, escribía mientras hacía fotos en las paredes del escondite. Eran todavía las nueve de la mañana y el viento del norte se colaba por los resquicios del “hide”, a mi lado Tono me dijo que hacía frío, le di para que se abrigara una chaqueta acolchada que llevaba siempre conmigo y nos dispusimos a una tensa espera observando por las mirillas el paisaje circundante.

Que Tono tenía una buena vista es indudable porque a los cinco minutos de comenzar sus observaciones con los prismáticos me dijo.

-Mira con el teleobjetivo los alcornoques que están cerca de la cancela de las Gangas y dime qué ves-.

Aunque yo sabía lo que iba a ver, porque los anteriores días de aguardo ya me habían permitido conocer todos los posaderos de las Imperiales, comprobé que efectivamente las dos águilas estaban en las ramas de un alcornoque seco del borde de la marisma.

-Son los adultos que están pendientes de nosotros, le contesté- pero no creo que tarden mucho en entrar. Estos días pasados, uno comprobaba lo que pasaba en su nido y el otro se marchaba a cazar a la marisma-.

-Seguro que la que viene al nido es la hembra-. Me respondió Tono.

Pasados no más de tres minutos una de las águilas levantó el vuelo y rozando el brezal se dirigió a nuestro alcornoque. Me preparé con el dedo en el disparador y creo que ambos contuvimos la respiración. La situación era complicada porque con el rabillo del ojo miraba lo que hacía Tono, que tenía sus ojos fijos en la plataforma del nido, y con el otro mantenía el encuadre de la cámara.

Para los que no han tenido la inmensa suerte de poder contemplar, desde unos catorce metros, la entrada de un águila Imperial en su nido, les diré que es algo verdaderamente emocionante, segundos antes los pollos que están pegados en el fondo del nido, levantan sus cuellos y se ponen a cacarear como preludio de la llegada de sus progenitores, y si se tiene la suerte como fue en este caso, de que el águila entra desde abajo, durante décimas de segundo y de forma repentina se materializa en el borde del nido con las alas abiertas y produciendo un ruido tremendo, cuando golpea el aire para frenar.

Tras posarse en el nido el águila cierra sus alas y sin hacer caso de los pollos que le reclaman con insistencia comida, clava en nosotros sus ojos a través de las lentes de nuestras cámaras, comprueba que todo está como siempre, picotea el plumón de sus pollos, y de un salto se lanza nuevamente al vacío, su visita ha durado unos quince segundos.

Me vuelvo hacia Tono y le comento;

-Me parece que era la hembra y ha reaccionado como otras veces.

-Sí, yo también creo que era la hembra, es mayor que el macho y me sigue impresionando la mirada de las rapaces.

-Para mí, como la mirada del quebrantahuesos no hay otra, lo que transmite el rojo rubí de su iris te hiela el alma,- le respondí a Tono mientras seguía con la vista el vuelo de la Imperial, que se perdía en el horizonte camino del Coto del Rey. Bajo nosotros un grupo de urracas montaban un tremendo guiri-gay y recordando lo que me había contado Tono tiempo atrás le dije.

-Tono, a ver si las urracas nos están marcando un lince y nos pasa por debajo del “hide”-.

Pasaron dos minutos de silencio total interrumpido solamente por la algarabía de las urracas, y me volví hacia Tono para preguntarle qué pensaba. Cuando le vi, observé sorprendido que no sólo estaba tremendamente pálido y sudoroso sino que además reposaba la cabeza contra la pared de madera. Asustado le hablé y ante su falta de respuesta decidí reclinarlo sobre el suelo pese a las dificultades que ofrecía el habitáculo y le comprobé el pulso, que tenía pero muy débil, y a duras penas, abriendo la puerta del “hide,” los reflejos pupilares que eran normales.

Cuando uno se encuentra ante una emergencia de éste tipo sobre todo siendo médico, (afortunadamente había terminado un curso de urgencias, hacía tan sólo tres meses), la respuesta es inmediata y mecánica, así que le incliné la cabeza para atrás, le pincé fuertemente la nariz y me dispuse a hacerle el boca a boca. No fue necesario, al taparle la nariz, abrió los ojos y cómo si saliera de una borrachera me balbució.

-Pero qué estás haciendo, me estás ahogando-

Poco después ya más recuperado me comentó que le costaba trabajo respirar y que le diera agua .Le dije que descansara un rato y mientras tanto yo pensaba cómo solucionar aquella situación que empezaba a parecerme no sólo tremendamente preocupante, sino además surrealista, me horrorizaba pensar que le pudiera repetir lo que yo creía que había sido un infarto. Estábamos en medio de Doñana, en una torre metálica a dieciséis metros de altura y a una buena distancia de nuestro vehículo y para colmo oigo fuera del “hide” el ruido de las alas de la Imperial con lo que Tono, buena señal, también lo escucha y me dice que le ayude a incorporarse, qué quiere ver si trae alguna presa. Efectivamente, ésta vez era el macho y volvía con un conejo.

Tras despedazar la presa ante nuestros ojos y dárselo de comer a los pollos el águila emprendió de nuevo el vuelo dejándonos solos con nuestros pensamientos. Tono parecía totalmente recuperado así que le dije que debíamos irnos y que lo mejor era que yo acercara el Land Rover al pié de la torre para que no tuviera que caminar, le pareció bien y así lo hice.

Con el vehículo al pié de la torre se nos planteó un importante problema, que era cómo bajar a Tono, le dije que podía ir a por ayuda, pero me dijo que ni hablar, que ya estaba bien y que podía hacerlo solo. Conseguí que aceptara que lo amarrase por las axilas para hacerlo descender poco a poco y con seguridad. Así lo hicimos y cuándo lo vi sentado en el coche, me tocó a mí el turno de bajada, muy dificultosa porque tras el esfuerzo que había realizado y la relajación de ver a Tono tranquilo me entró una tembladera de piernas que no me podía controlar, así que poco a poco y sin mirar para abajo fui descendiendo hasta que mis pies tocaron la arena. Una vez en tierra firme confirmé cómo estaba Tono, me dijo que no tenía ningún dolor, le tomé el pulso para tranquilizarle, creo que más a mí que a él, y nos marchamos para el Palacio. Durante la vuelta Tono no dejó de hacerme comentarios sobre las águilas Imperiales como si no hubiera pasado nada más en toda la mañana, sin embargo cuando ya nos acercábamos al Palacio se puso serio y me dijo de manera imperativa y mirándome directamente a los ojos, que no se me ocurriera decirle a nadie lo que había pasado ni siquiera a María Rosa, llegó a decirme que aunque yo no ejerciera de médico tuviera en cuenta, el secreto profesional. Le dije que no se preocupara pero que si se ponía así también él tenía que cumplir algo y era ir inmediatamente a que le revisaran el corazón, sé que dos días después acompañado por su hermano, lo hizo, yo hasta el día de hoy también he cumplido mi palabra.

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~ por camoyan en 7 diciembre 2009.

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