Origen de una pasión

Por mi formación académica siempre he pensado que los primeros 15 años del desarrollo de cualquier ser humano son esenciales para su posterior evolución. Es más, cuánto más próximo al momento del nacimiento son los estímulos o sensaciones percibidas, más fuerte es la impronta que marcan en el resto de la vida.

Nací en el año de 1941 en la bellísima isla de Santa Cruz de la Palma, donde había sido destinado mi padre, médico y militar, tras la “guerra incivil” que asoló a España.  Mi más tierna infancia transcurrió en la perenne calidez del clima isleño, rodeado de una vegetación exuberante, de negras lavas volcánicas y espectaculares puestas de sol sobre un inmenso océano.

Con tres años surqué por primera vez el Atlántico. Mi familia regresaba a la península y, tras una estancia de dos años en el Puerto de Santa María y tres más en Madrid, nos establecimos definitivamente en Sevilla, lugar de origen, juntamente con Cádiz, de toda mi familia.

Si a los dos años ya disfrutaba viendo cómo mi padre hacía fotos con una antigua cámara Kodak de fuelle, y a los 7 ya me asomaba por el ocular de su microscopio a otro mundo no visible a simple vista, qué no sentiría cuando una primavera, al cumplir  los 9, recibí como regalo mi primera cámara, una diminuta Kodak de baquelita que mis padres habían comprado a una famosa estraperlista de Algeciras, la tía Nica, que además de medias de cristal, jabón Lux y tabaco, vendía, afortunadamente para mí, aquellas maravillosas cámaras.

Por desgracia no conservo ninguna de las fotos que hice durante los tres veranos de tres meses que pasamos en la sierra de Ronda, aunque recuerdo haber fotografiado a mi madre y a mi hermano, la Ermita que hay bajo el acueducto de Ronda, a la orilla del río, y a un mochuelo que había cogido del tronco de un olivo y había criado a mano a base de cigarrones. Tengo que hacer aquí un inciso para aclarar que estos largos veranos camperos se debían a que mi padre, todavía en el ejército, era capitán de infantería en las milicias universitarias del campamento de Montejaque.  Por eso alquilaba  junto al campamento unas chozas con los techos de paja, donde vivíamos sin agua ni luz eléctrica. Hoy puede parecer increíble, pero haber vivido en esas condiciones, acarreando el agua con cántaros desde una fuente próxima, recorriendo acequias, cazando ranas y culebras, pescando carpas y barbos, y saqueando los frutales de alguna que otra huerta, además de fabricar hondas con fibras de pitas o de esparto, y apedrear a las cabras o cualquier otro bicho viviente, hicieron que los veranos pasados en la sierra de Ronda fueran probablemente una de las épocas más felices de nuestras vidas. Algún tiempo después las hormonas nos descubrieron a mi hermano y a mí otros paraísos. 

Fue en Montejaque donde se produjo un hecho que me impactó para siempre. Mi padre, que siempre había sido un consumado dibujante y bastante buen pintor, empezó a  recibir clases de pintura de un alférez de su compañía que era licenciado en Bellas Artes; por cierto, todavía recuerdo que su apellido era Melón. 22022010-IMG_3733Aunque yo era muy pequeño tuve ocasión de presenciar como los dos, con sendos caballetes y blancos lienzos, reflejaban cada uno con su particular estilo el viaducto de Ronda. El manejo de los colores se me quedó grabado para siempre. Todavía  hoy conservo ese cuadro de mi padre.

Al cumplir los 13 años se produjo otro hecho que considero esencial en mi vida, el cambio de las vacaciones rurales por otras más en consonancia con una incipiente modernidad. Había que ponerse al día con el auge turístico que comenzaba a principios de los años 50. Es así como trasladamos nuestra residencia durante los tres largos meses  de verano a la ciudad de Cádiz, donde nuestra familia tenía un pequeño chalet, pero con un espléndido jardín, a escasos 100 metros de la playa de la Victoria. Por cierto, horrible nombre que aún persiste.

En Cádiz descubrí varias cosas que hasta entonces no me habían llamado la atención. La primera, la tremenda fuerza de su luz totalmente diferente a la del resto de Andalucía; en segundo lugar, la atractiva influencia que sobre mí ejercía la proximidad del  mar; y la tercera, la existencia en el chalet de una buena biblioteca bien abastecida de libros de aventuras, novelas policíacas y muy buenos volúmenes de pintura. Al igual que le ocurrió a Don Quijote con los libros de  caballería,  yo consumí  en sólo dos veranos la colección completa de novelas de Zane Grey, todas las obras de Emilio Salgari y dos novelas: La isla de coral de Edgar Balanthyne, de la colección Austral;  y otra cuyo autor no recuerdo, titulada A lo largo del Amazonas, que  no quiero volver a leer, pues quizás hoy ya me resulten desfasadas, pero su interés residía en que se trataba de una magnífica colección encuadernada en piel con las obras de los pintores y museos más representativos de la historia de la pintura. Todavía hoy recuerdo la mayoría de ellas como si se me hubieran grabado en mi cerebro, y todavía afloran algunas ante estímulos visuales concretos.

22022010-IMG_3731Con 17 años  practicaba la fotografía, el dibujo y la pintura, y mi cabeza estaba llena de paisajes exóticos, plantas, animales y viajes rumbo a lo desconocido, pero la realidad se imponía. Materializar mis sueños era una quimera. Decidí por entonces comenzar a pintar, pero influido posiblemente por lo visto hasta entonces, que era a mí parecer de un clasicismo aburrido.  Me incliné entonces por algo sin lugar a dudas más rompedor en aquella época. A mí me impresionaba ya la obra de Van Goh por encima de los demás pintores. También me atraían los españoles Picasso y Dalí, que me parecían diferentes  a todos los que yo había visto, sobre todo por la fuerza del colorido que empleaban en sus obras y lo imaginativo de su creación. Sin embargo, el azar en el cual siempre he creído para lo bueno y para lo malo hizo que modificara  mis gustos pictóricos de manera radical. Seguía leyendo absolutamente todo lo que caía en mis manos, y así fue como recuerdo que al ojear un ByN  de aquella época  me encontré en sus páginas centrales un reportaje sobre un pintor para mí totalmente desconocido, se llamaba Viola y la contemplación de sus pinturas me produjo un impacto inolvidable; la fuerza de sus colores, sus pinceladas sugerían trazos enérgicos y la disposición de los mismos  parecían enormes explosiones en una oscura atmósfera inabarcable. El nombre del autor me evocaba durante la contemplación de las fotos, muy buenas por cierto, el sonido de  un chelo golpeado bruscamente por su arco, unas veces desgarrado, otras chirriante, y otras melódico. En cierto aspecto, como se dice vulgarmente, se me revolvían las tripas.

Al cumplir 18 años había pintado unos 40 óleos. Unas veces en base al empleo de colores primarios mezclados y manchas geométricas separadas por trazos lineales, y otras veces manchas de colores degradados; en ocasiones image002incluso mezclados con arenas para conseguir distintos grados de texturas y mucha superposición de capas. En fin, que con más vergüenza que otra cosa me dediqué a recorrer las principales galerías de Sevilla   para tratar de exponer mi obra. El resultado fue siempre el mismo, que era muy joven o que el tipo de pintura era muy difícil de vender. En un galerista al igual que en el Ateneo de Sevilla, donde también tuve el valor de acudir, me dijeron que si les pagaba el alquiler de la sala, pidiendo una cifra astronómica, verían lo que se podía hacer. La verdad es que ellos no hicieron nada, pero yo sí. Regalé todos mis cuadros entre familiares y amigos, y a alguno incluso le gané un dinerillo, pero la realidad es que allí acabó mi carrera pictórica, aunque todavía a veces me entra el gusanillo. Tuvo que pasar bastante tiempo para que una culta y espectacular señora, separada de un gran amigo mío de quien tomó su nombre de guerra, Juana de Aizpuru, revolucionara el cutrerío galerístico de Sevilla e introdujera la modernidad artística en nuestra ciudad.

Los cuatro años siguientes siendo ya estudiante de medicina me tomé en serio la fotografía, que nunca había abandonado, y me dediqué más intensamente al mundo de la imagen. Fueron años de esperar con impaciencia la llegada al kiosko del Arte Fotográfico y del Popular Photography, así como ver películas de Arte y Ensayo. Por supuesto, ya conocía la obra de los grandes autores, Ansel Adams, Steichen, Man Ray, Edward Weston, Cartier Bresson; y sobre todos, Minor White y Ernst Haas. También me atraían los españoles, especialmente Ortiz de Echague, Ribas Prous, J.Jorba Aulés, Pérez Siquier, Manuel Falces, Joan Fontcuberta, entre muchos otros. Nuestra tierra siempre ha sido prolífica por la cantidad y calidad de sus artistas.

Una vez que he llegado a esta altura de mis recuerdos no tengo más remedio que volver a  pensar que mi vida siempre se ha desarrollado a impulsos del azar. Entonces yo vivía en Sevilla en la calle Fernán Caballero esquina con San Eloy, donde también tenía su casa un compañero del colegio de los maristas, Emilio Sáenz, que aunque era un par de años  más joven que yo, coincidía conmigo en la afición fotográfica y trabajaba con su padre a escasos 20 metros del portal de mi casa, en la imprenta familiar más famosa de Sevilla, hoy desgraciadamente desaparecida, “Gráficas del Sur”, aunque todo el mundo la llamaba “Imprenta San Eloy”. Emilio trabajaba allí y contaba también con un bagaje fotográfico importante. Ambos habíamos comenzado a publicar fotos y conseguido algunos premios. El caso es que me ofreció su laboratorio para lo que yo quisiera y, no sólo contento con eso, aumentó mis conocimientos fotográficos enseñándome nuevas técnicas de revelado, e incluso de fotomecánica e impresión. Siempre he tenido con él una deuda impagable, pero no sólo por lo que me enseñó, sino también por introducirme en la Imprenta de San Eloy, uno de los lugares más maravillosos y alucinantes que he conocido en mi vida.

Las primeras impresiones que sufrí al traspasar el umbral de la imprenta fueron dos poderosas bofetadas, una de olores y otra de ruidos. La primera se matizaba porque los olores eran agradables, mezcla de alcoholes, tintas frescas y papel. A la segunda tardaba uno más en acostumbrarse, pero trascurridos un par de minutos el traqueteo de las máquinas comenzaba a hacerse rítmico e incluso musical. Luego contemplaba uno el techo acristalado lleno de telas de araña y las lonas para evitar el sol y las goteras y aquello se asemejaba más a la bodega de un viejo y renqueante vapor que a lo que realmente era, una vieja imprenta de principios del siglo XX. Sorteando “tecleteantes” máquinas y el saludo de los operarios, cada vez que iba a la imprenta me detenía en la oficina, un pequeño cuarto con tres mesas enfrentadas en las que se sentaban Luis, el administrativo,  Emilio y su hermano Joaquín. Los tres manejaban la imprenta. En aquel cuartito, pues no tendría más de quince metros cuadrados, pasé algunas de las horas más inolvidables de mi vida, porque Joaquín, extraordinario pintor de suaves tonos velados y ocres intensos, concitaba en su persona la amistad de lo más florido de las artes de Sevilla, que en aquel momento no eran poca cosa.

Don Antonio Mairena, Diego del Gastor, Manuela Vargas, Matilde Coral, el Lebrijano, la Camboria, el pianista Juan Romero… Todos acudían a encargar su cartelería, portadas de discos, tarjetones, invitaciones;  y todos se mostraban como lo que realmente eran, seres humanos con sus problemas, sus gracias, y sobre todo su arte. También los pintores acudían a la imprenta, pero en este caso no sólo para que Joaquín les imprimiese los catálogos de sus exposiciones, sino que, a mi parecer,  la mayoría de las veces era por las tertulias y la amistad que entonces existía entre ellos. Aunque no voy a negar que estando yo presente también se despellejó a alguno que otro. De esa forma pude conocer a lo más representativo de lo que por entonces se  denominaba pintura “sevillana”, Carmen Laffón, Paco Cortijo, Ben Yessef, Justo Girón, Teresa Duclós, Santiago del Campo, Juan Romero y muchos más. No quiero alargarme, pero debo citar los que gozaban de un mayor predicamento por mi parte: Joaquín por sus veladuras, suavidad de coloridos y en ocasiones fuerza incontenida; y Juan Romero por lo insultante de su colorido y lo obsesivo de su dibujo. Yo era demasiado joven,  pero quizás por ese motivo mi receptividad por lo que escuchaba y veía era enorme. Si de algo me arrepiento de aquella época es no haber tenido el valor suficiente para reflejar fotográficamente lo que allí viví. Supongo que a mi amigo Emilio le ocurrirá lo mismo.

No me quiero dejar en el tintero, ya que de imprenta al fin y al cabo estoy hablando, a alguien que sí me ha llegado con su pintura pero que muy hondo, y que tuve ocasión de conocer en la bendita imprenta algo mejor que a los demás por su  afición a la fotografía, me refiero a Fernando Zobel, que mantenía una buena amistad con Joaquín, y que de vez en cuando aparecía por Sevilla con visitas obligadas a Gráficas del Sur. Era un tipo fantástico, aspecto bonachón,  agradable, enamorado de la pintura, pero también amante de la fotografía. Con él sí hablé varias veces aunque siempre de Cuenca y sus fotos, de su interés por conocer Doñana. Recuerdo que un par de años después, durante nuestro último encuentro, me comentó lo que se había sorprendido al leer durante un viaje en avión un artículo mío sobre el color en la naturaleza que publiqué en la revista Ronda Iberia.

Para resumir sobre mis gustos pictóricos, ya que tratándose de brocha y lienzo a mí me gustan hasta las paredes, no tengo más remedio que admitir mis preferencias por los tres citados anteriormente,  Viola, Joaquín Sáenz, Fernando Zobel, además de dos grandes sevillanos; uno casi e injustamente olvidado, Romero Rassendi, y el más grande de todos los grandes, Don Diego Velázquez.

Retomo mis comienzos fotográficos serios con Emilio Sáenz y todavía recuerdo la primera exposición sobre el Río Tinto que hicimos en la Caja de Ahorros San Fernando de Sevilla junto a Javier Barberana, Manolo Ruesga y Juan Antonio Rodríguez Vicente. Poco antes yo había comenzado de la mano de mi padre un romance con el río Tinto, y ante la imposibilidad de llevar a cabo un matrimonio religioso, todavía hoy sigo practicando la bigamia. El caso es que la exposición fue un éxito, y no me puedo resistir a reflejar cual fue la primera crítica de arte que sobre nuestros trabajos se publicaron en los diarios de mayor tirada de entonces, por supuesto no existía El País:

“En la fotografía hemos de acostumbrarnos a perseguir no el ‘cuadro’, no la estética de la pintura, sino el instrumento ideal de expresión de un vehículo nuevo: la emulsión sensible a la luz, el médium que se basta a sí mismo para la producción de resultados espectaculares”. ¡Toma ya!

“Es común a las obras de estos autores la perfección técnica. Acreditan estos artistas a través del esmero de sus producciones, amplios conocimientos del oficio, de los recursos del oficio. Sobre esta sólida base desarrollan una bella teoría de valores lumínicos y plásticos.” ¡Tela!

“Según las intenciones representativas, se diversifican los ángulos, los planos, las perspectivas, y surge una amplia gama de matices ennoblecidos por emociones vitales de intuición sensible”. ¡La repera!

No me cabe duda  que en aquellos tiempos la prensa no especializada carecía de críticos fotográficos, salvo la honrosa excepción del Arte fotográfico, aunque en esta publicación primaba la fotografía social y el desnudo. Pues bien, tras la primera exposición vinieron más y más, y los premios  fotográficos también, llegando a ser el primer español en conseguir el segundo premio Mundial de Nikon en color del año 1977, compitiendo contra image00345.700 fotógrafos de 50 países. También se eligió una de mis fotos de Doñana para la edición del primer sello postal de la Comunidad Europea, con el cual pasé a convertirme en el autor español  con la fotografía  más divulgada a nivel mundial. Hoy en día el alcornoque de Doñana debe ser una de las fotos que más ha viajado del mundo, y probablemente la que esté presente en mayor número de colecciones privadas, me refiero, claro está, a las filatélicas.

Durante esta época de mi vida trabajé en Doñana principalmente, pero cuando Javier Echebarri, buen amigo mío, me ofreció trasladarme a Madrid como jefe del servicio fotográfico de las revistas Periplo y Ronda Iberia, no lo dudé y comenzó para mí el auténtico “periplo”, pero mundial. Comencé a viajar por todo el mundo realizando reportajes para las dos revistas.

Javier me llamó porque mi nombre ya sonaba incluso a nivel internacional como el fotógrafo de Doñana, y aquí no tengo más remedio que hacer un inciso para aclarar que a mediados de los años 60 del pasado siglo otro amigo mío fotógrafo, Antonio Díaz de los Reyes, y un servidor decidimos sobreponernos al pavor que nos producía una enorme hiena colocada a modo de perro guardián en la puerta de la Estación Biológica de Doñana y entrevistarnos con Tono Valverde, el fundador y hoy desgraciadamente desaparecido padre de lo que hoy es el Parque Nacional. En ese momento era Director de la por él recién fundada Estación Biológica de Doñana.

Image16 doñana alcornoque y puesta de solTono, al igual que a otros fotógrafos, nos dio todas las facilidades, ya que estaba empeñado en la conservación y promoción de Doñana, y qué mejor forma para conseguirlo que apoyar la difusión por todo el mundo mediante películas y reportajes de  las bellezas de los paisajes y la fauna del Parque Nacional más importante de Europa. Desde esa época mis temas recurrentes en la práctica de la fotografía han sido siempre los mismos: el color en la naturaleza y el río Tinto.

Para no extenderme mucho, ya que esto más que un breve relato empieza a parecerse a una novela autobiográfica, les diré que llegó el día en que volví a mis orígenes en Doñana como jefe de uso público del Parque Nacional de Doñana, y posteriormente ingresé, tras otra complicada historia, en la que hoy es la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía.

Durante estos bastantes años publiqué cientos de artículos, un  par de libros agotados  desgraciadamente, e hice  más de un millón de fotografías analógicas, que lo digital es otra cosa. Incluso tuve la inmensa suerte de poder acabar mi vida laboral oficial practicando mi otra carrera vocacional, la medicina, dedicado a los niños y niñas necesitados de educación especial como medico en 18 colegios del Aljarafe sevillano.

Tras la jubilación decidí comenzar a trabajar, ya que como fácilmente se comprenderá lo hasta ahora realizado no ha sido más que lo que he amado y querido hacer en cada momento, y para mí eso, no lo puedo negar, ha sido disfrute. El trabajo es algo más complicado y engorroso. Libre por tanto de todo tipo de ataduras horarias, obligaciones y compromisos, he decidido trabajar seria y duramente, pero eso sí, solo para mayor satisfacción de mi ego personal, ya que a estas alturas de la vida el tiempo se acorta y la necesidad de acabar todos los proyectos que uno tiene se torna acuciante.

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